No matter how, I feel so fine
Your face is pictured up in the sky, up in the sky
Sexy Sadie - No matter how, I feel so fine
"La libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres", Manuel Azaña.
No matter how, I feel so fine
Your face is pictured up in the sky, up in the sky
Se produce por sorpresa, aunque en ocasiones se intuye su inminente llegada. Puede provocarlo una piedra, un clavo, un cristal o un simple cardo… Sea como sea, cuando el aire se va no queda más remedio que detenerse, echarse a un lado y reparar el dichoso pinchazo.
El de ayer fue de los esperados, de los que dependen en gran medida de la suerte. Quedaban 200 metros para salir de esa pista repleta de piedras en la que costaba mantener la verticalidad y apenas un par de segundos antes por mi cabeza había pasado un mensaje optimista: “Ya no queda nada. Si salgo de este tramo sin pinchar, podré disfrutar de lo que queda de bajada”. Entonces, la rueda trasera pasó por encima de la enésima piedra, y en vez de absorber el impacto, el filo cortante del maldito canto se hizo hueco entre los tacos de la cubierta y acabó por provocar lo que los ciclistas llamamos ‘mordisco’, un pinchazo doble que más parece causado por un par de colmillos que por un simple pedrusco.
Cuando frené en medio de aquella riada de piedras sueltas me dio por sonreír. A la vuelta de la siguiente curva, aquel maldito camino se transformaba en una pista forestal asfaltada durante el pasado invierno para facilitar el transporte de troncos y los pedruscos desaparecían por completo. Caminé hasta ese cruce con la bici al hombro por miedo a pinchar también la rueda delantera y allí, ‘a la sombra de los pinos’ reparé el pinchazo.
Me lo tomé con calma, a J. (mi acompañante en esa ruta) le dio tiempo a alcanzarme, a detenerse junto a mí y a comer tranquilamente su arsenal de barritas energéticas. Mientras él recuperaba fuerzas, yo me desesperaba dando aire a la rueda con una pequeña bomba.
De nuevo sobre la bici, la espectacular bajada que me quedaba por delante se convirtió casi en un trámite. No la disfruté como debía ante la posibilidad de un nuevo pinchazo y cuando quise reaccionar, ya se había terminado…
Será el ‘efecto Contador’ o que este verano tengo más fuerza de voluntad. Será que tengo más tiempo libre y más kilómetros de entrenamiento o que como dicen algunos me estoy volviendo un poco loco. Sea lo que sea, lo cierto es que ayer me planteé un nuevo reto en mi “carrera ciclista”: la subida al Puerto de Cotos por el llamado camino viejo de El Paular. Una ruta inédita para mí que llevaba años teniendo en la cabeza, pero para la que siempre encontraba alguna excusa.
Salí de casa con la determinación de reservar fuerzas, de pedalear con calma y de acercarme al inicio de la subida con buenas sensaciones…ayy, las sensaciones, no se sabe ni que forma tienen, pero sí que son determinantes para saber si te tocará sufrir o disfrutar durante la ruta ciclista.
Y comencé a buscar esas sensaciones, las buenas por supuesto, en los tres kilómetros que separan mi casa del inicio del carril bici que me lleva hasta la localidad de La Granja. No me gusta pedalear por la ciudad y menos cuando tienes que hacerlo en subida. Los coches, que te ven como a un estorbo, te pasan rozando, y los peatones, que cruzan de oídas, se tiran a la calzada sin intuir tu sigiloso avance… Y tú, que acabas de salir de casa y que ya vas resoplando por la repentina subida, haces además un esfuerzo extra para esquivar coches aparcados, puertas que se abren de forma repentina, trazar rotondas imposibles e intentar tragar la menor cantidad de humo posible.
Antes de despedirme de la ciudad pasa lo inevitable. Un coche se salta un ceda el paso y de repente ve que estoy casi encima y se para en seco. Mientras pego un frenazo y giro para esquivarle, una señora me grita por la ventanilla:
-¡¡Dónde vas!!
-¡¡Dónde vas tú, que te has saltado un ceda el paso!!- contesto lleno de rabia. (Otro día hablaré de mis enfrentamientos con los conductores, hoy de momento lo dejo aquí)
Alcanzo por fin el carril bici y me separo ligeramente de los coches. Esquivo unos cuantos peatones que ignoran la señal que les prohíbe caminar por esa vía y con las piernas cargadas de buenas sensaciones avanzo a buen paso hacia la Sierra de Guadarrama. Atravieso La Granja, Valsaín y me acerco por carretera hasta el pie del puerto de Navacerrada.
Antes de iniciar la subida, decido comer un poco. Llevo 20 kilómetros y aunque no tengo hambre creo que me sentará bien un trocito de fruta antes de empezar lo duro. Encaro la primera rampa, una de las más duras del popular puerto segoviano, y aunque las piernas se resienten por culpa de la pendiente, lo que me preocupa es que el fuerte calor me hace ir un poco más sofocado de lo normal y eso provoca que el corazón tienda a latir con mayor velocidad. Por fortuna, este tramo finaliza en poco más de 500 metros, justo al llegar al inicio de las ‘7 revueltas’. Allí, abandono la carretera y cojo una pista forestal que se adentra en el pinar.
Al separarme definitivamente de la circulación siento un cierto alivio. Esta circunstancia unida a una disminución considerable de la pendiente me reanima y me invita a ser optimista para afrontar lo que aún me queda. Todavía circulo por una zona conocida y sé que antes de iniciar la subida a Cotos tengo que superar un corto y duro repecho en el que debo intentar no desgastarme demasiado.
Aprovecho este tramo para disfrutar del aire limpio, del peculiar olor de la sierra y del considerable descenso de temperatura que provoca la abundante vegetación. Con estas condiciones tan favorables, supero el repecho con cierta soltura y giro a la izquierda para adentrarme en el camino viejo de El Paular. El asfalto desaparece por completo y es sustituido por una pista de tierra salpicada de numerosas piedras, ramas y raíces. Va a ser duro…
Y no me equivoco. Los cuatro kilómetros de ascensión son una verdadera prueba de resistencia. Hay que pedalear la mayor parte del tiempo sentado porque la bicicleta derrapa constantemente y la pendiente alcanza por momentos porcentajes considerables. A mitad de subida, ya me he quitado las gafas de sol y llevo el casco desabrochado. Hace mucho calor y me sudan hasta las manos…
Después de una pequeña curva a la izquierda me encuentro con que el camino está completamente encharcado. Hago un último esfuerzo y cuando pierdo por completo la tracción pongo pie a tierra. Me tocará empujar la bici durante cerca de 300 metros para salvar esa zona impracticable.
Para un ciclista, bajarse de la bici en una subida es una derrota, pero no es el caso, aquí son las malas condiciones de la pista las que obligan. Además, ese pequeño parón me sirve para recuperar un poco las fuerzas y afrontar el último kilómetro con garantías. La pista ya no tiene agua, pero se ha transformado en un estrecho sendero lleno de raíces que obligan a un esfuerzo extra para sortearlas o saltarlas.
Cuando alzo la vista y veo la cima, suelto un expresivo: ¡¡Vamos!! Ya estoy arriba. “La tortura” ha terminado. Alcanzo la carretera que corona el puerto y siento un tremendo alivio. Lo he conseguido. Tengo hasta la carne de gallina y un nudo en la garganta… Quizá puedo decir hasta que me siento feliz. Ahora sólo me queda disfrutar de la bajada por carretera y regresar a casa con el depósito de la autoestima repleto. Cuando me baje de la bici, el cuentakilómetros indicará algo más de 62 kilómetros y casi tres horas de recorrido… Ha merecido la pena.